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Encuentro Liberal (III parte)

By 10 abril, 2017 No Comments

Hago una foto en picado desde mi móvil, donde se puede observar el moratón de mi muslo, parte de mi cintura y un turgente pecho. El moratón contrasta con mi blanquecina piel, pero lo mejor de la foto es que se vislumbra parte de mis encantos. Mando la foto a David con el siguiente mensaje: “Querido lobito, mira como magullaste a tu pobre caperucita”.

Dos minutos después mi teléfono suena, Es él que sin dejar que termine de pronunciar un diga me dice: —Dios que cuerpo…que sepas  en cierta parte que suele elevarse y endurecerse,  yo también tengo un moratón caperucita rebelde.

—Pero no me vuelvas a llevar a ese sitio, que me puedo morir del aburrimiento.

—Tranquila Mya, tengo otros planes, vete preparando, en una hora te recojo con mi moto y nos vamos a la playa.

Jamás de los jamases, había subido en una moto e tan basto tamaño. Mi trayectoria en moto, era en la adolescencia y con vespinos de los amigos.

Fui consciente de mi golpe de energía al subir a su Kawasaki, tras  darle un intenso beso. Mi cuerpo subió abalanzado, como si alguien me acabara de pegar un tiro. Pero no le di importancia hasta que volvíamos a casa cando antes de subir en su moto me dijo: —Por favor, sube con  más suavidad, este  cacharro pesa mucho y al antes, al subir por poco pierdo el control y  nos caemos.  Me sentí frágil deseé tomar un tren de cercanías para volver a casa.

Después de una tórrida mañana frente al Sol, bañándonos, trenzando nuestros cuerpos en un cálido tibio  y sereno mar.  Después de atravesar en bikini empedrados  y montañosos caminos, saltar vallas, sentir vértigo y bloqueo  de saltar una altura que a él le parecía un simple escalón, dejar en exposición algún que otro pelo, estría o mollita… pero ese era el atajo para llegar a aquella cala, donde  encontraríamos nuestra intimidad.

Subí a esa moto, siendo consciente de que mi cuerpo imperfecto no había  superado aquella improvisada gincana. Sentí vergüenza de todo lo sucedido y recordé lo segura que me había sentido siendo su amante.

No pudo vencer mi timidez, no era capaz de recordar la situación. Ya que la tierra no me había tragado, fingí ser tragada con mi silencio durante una semana. Necesitaba mi tiempo. Intuí que con David, no habría monotonía, todo serían aventuras, era un actor conocido, ¿qué esperaba? Pensé que nunca más volvería a mi vida, pero no me castigué yendo al gimnasio.

Dos semanas después, cuando de nuevo había almacenados aquellos preciosos  recuerdos  en la caja de m imaginación etiquetado: pamplinas, recibí un ramo de rosas con un sobre.

 

 

“Te espero mañana a las 19:00h en el aeropuerto, quiero que me acompañes a Los Angeles, estaré dos meses rodando y quiero conocerte y que conozcas mi mundo. No te preocupes por la gincana—maleta incluida— hasta el aeropuerto, pienso recogerte  y  llevare  a hombros hasta la puerta de embarque.

 

 

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