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Encuentro liberal Primera Parte

By 30 marzo, 2017 No Comments

Nunca pensé que los comienzos empezaran así.

— Tranquila Mya, confía en mí. Es un empresario de gran reputación en Australia ¡Va a ser una cita envuelta en pasiones! Déjate llevar.

Y por una vez, había que darle la razón a Sally. El candidato era una mezcla de George Clooney y Ben Affleck. Los diez años de diferencia, no me impidieron sentir por él una intensa y abrumadora atracción que se manifestó en el primer segundo.

Tardamos dos canciones de jazz en darnos el primer beso, tras el cual no pudimos parar. Mi boca era puro almíbar fundido en la suya, dulce y jugosa como el membrillo. Ni el lugar el ambiente, la ética ni los modales eran motivos firmes para renunciar a que nuestros cuerpos se pasearan por las calles sintiéndonos rozándonos y devorándonos como animales.

Tras varias horas de deseo, coincidimos en algo: nuestros podían ser una perfecta pieza de ensamblaje.

Siempre pensé que lo correcto en una primera cita era no sobrepasar de un beso casto.

Sin embargo, esa noche me aboqué a la desenfrenada pasión que él me provocaba. Nunca sentí tanta hambre de placer, no quería parar.

Él supo que había olvidado mis reglas, mi ética, todo valía. Carecía de pudores. Así que hizo una sugerencia. —Vayamos a un local liberal. Apenas nos conocemos, no habría nada que reprocharse. Si caemos en el sentimentalismo, embozaríamos nuestra selvática pasión. Nunca lo hice y quiero hacerlo.

—Pero en esos sitios, ¿qué pasa? ¿Todos tienen sexo con todos?

—No cariño. Te deseo tanto, que solo te quiero para mí. Cuando entremos, vas a pasar a ser de mi propiedad. Te cuidaré como mi mejor juguete de la infancia. No harás lo que no quieras hacer.

Perdí mis temores por su sutileza y, porque conforme llegábamos al barrio más caro de la ciudad, su sugerencia a cada minuto ganaba más clase y apetencia.

Y ahí, envuelto en chalets de lujo, se encontraba el templo de los liberales. Con sus variantes de salas, su coctelería, discoteca, piscina y jacuzzi. Estaba permitido tener sexo en cualquier recinto. Pero, solamente con tu pareja o con las personas con las que habías entrado por la puerta. Alguien intento poner la mano en mi muslo, pero una mirada de él, frenó sus impulsos. Era bello ver a la gente sin pudores, exhibiéndose sin mostrarse. Sintiéndose normales en su microclima.

Y sin analizar mis estímulos, acabé desnuda, sentada encima de él, en una terraza cubierta por lonas. Miraba en derredor sin ver. A un lado grupos de amigos haciendo bromas, a otro lado dos parejas, parecían relajados y distendidos. Pero nadie nos miraba. Les importaba poco que nuestros cuerpos movieran fundidos en placer. Nadie percibió mi éxtasis, pero yo tampoco les percibí a ellos. Creamos una ventana de cristales tintados, infranqueable en la que solo existíamos los dos.

Al llegar a casa, sentí que todo había transcurrido como una velada normal. Sí, mi subconsciente me engañaba, partir de aquel día, ya nada era lo mismo. Sin embargo, mi cabeza, quería borrar aquel recuerdo.  ¿Por qué me comportaba así?

Recordé entonces aquella dulce despedida en mi calle, dijo que esto era un encuentro fugaz que nunca se repetiría. Su frase quedo tapiada en mi cabeza, bloqueando cualquier recuerdo. Una semana después, mí sexo recordaba las sensaciones vividas; día tras día acariciaba mi cuerpo recordando aquellos momentos de complicidad, protección y deseo

Dos semanas después, cuando mi sexo había acondicionado aquel recuerdo a un producto de mi imaginación, recibí noticias de él. Quería verme, no tardó ni veinte minutos en rescatarme de mi morada.  Subida en su coche, después de comernos a besos, morder nuestras lenguas y oler nuestra piel, pregunté— ¿Qué plan tienes hoy?

—Vamos a ir al mismo sitio— dijo con determinación.

— ¡Otra vez! ¿Crees que vas a encontrarlo de nuevo novedoso?¡ Va a ser más de lo mismo!

¿Cómo algo tan poco convencional y prohibido, podía ser la base y el inicio?