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LA FUERZA DE LA IMAGINACION

By 13 marzo, 2017 No Comments

La fuerza de la imaginación

Todos tuvieron compasión por mí el día que me dijeron que mi jefe de proyectos iba a ser Fernando. La mano derecha de mi jefe Roberto Castañeda.

Tenía mucho peso sobre él. Era una confianza ciega la que tenía hacia él.

Cuando mi jefe iba desbordado de trabajo y le llegaban revisiones hechas por Fernando, automáticamente los firmaba sin mirar.  Algo que a otros colegas les horrorizaba, ya que mi jefe miraba con lupa hasta si nos dejábamos una coma.

Yo llevaba trabajando en la empresa menos de un mes. No tenía ni idea de quién era ese tal Fernando.

—Paula, Fernando es un tío muy maniático con los proyectos. Muchos de los interioristas han acabado llorando por culpa de la forma que tiene de gestionar las cosas. Es un ingeniero con muy poco tacto, te suelta cualquier animalada a bocajarro y sin piedad— alertó una de mis compañeras.

No obstante estaba muy segura de mis diseños y de mi calidad como interiorista. Tanto que me importaba poco si intentaban derrumbármelos.

Eran buenos, lo sabía. Me sentía fuerte. En otra ocasión, me hubieran pisoteado como a una cucaracha, pero esta vez, tras haberme curtido en otras empresas, estaba tranquila. Mi confianza profesional, tenía un grado.

Empecé a tener trato con Fernando cada dos semanas, a veces cada mes. Casi siempre le parecían buenos mis diseños y mi forma de trabajar. Automáticamente me olvidé del perfil de verdugo que mis colegas de profesión me habían retratado.

—Paula, ven un momento a mi despacho—dijo mi jefe desde su silla, un viernes mientras salía  dos minutos antes de mi hora, un poco acelerada, puesto que perdía el tren.—Acabo de hablar con Fernando. Dice estar muy contento con tu trabajo. No sabes el peso de encima que me he quitado. Estaba francamente preocupado, sé que Fernando es una persona muy meticulosa, difícil de entender, sin embargo tú le has sabido captar. Felicidades.

Estaba abrumada, ese Fernando era un crack de la ingeniería. Llevaba proyectos muy buenos. Empecé a tener cierta curiosidad por conocerle. Curiosidad que iba creciendo a través de nuestras llamadas telefónicas. Además, Castañeda empezó a darme proyectos más complejos y tuve que comunicarme mucho más con él.

Mi cabeza de mujer soltera empezó a fantasear cuando descubrí que ese tal Fernando estaba soltero,  tenía 38 años y vivía en la misma ciudad que yo.

Mi cabeza montó su propia película. Me imaginé con Fernando cenando, yendo a un concierto de mi banda favorita, saliendo a tomar un coctel por la noche.

E incluso…llegué más allá de una noche romántica… si…empecé a fantasear esa clase de situaciones femeninas…que me dan vergüenza decir…

Y llegó el momento de conocernos. Estaba atacada. Supuse que nos encontraríamos en el despacho, frente a la fría mirada de Roberto, mi jefe. Pero no fue así.

Fernando tenía que tomar el puente aéreo de Madrid Barcelona y me citó para analizar los planos de un nuevo proyecto en una cafetería,  a mitad camino del despacho y del aeropuerto,

No dudé en ponerme mi mejor vestido. Una bata de Chanel color blanca con rebites negros y unos tacones de 8 cm, e incluso, la víspera, visité la peluquería para ponerme guapa y teñirme las canas de mi morena melena.

Iba a conocer a mi príncipe. Aquel que había cortado cabezas a otros de mis compañeros, aquel que había cuestionado la profesión a muchos de mis colegas con más años de experiencia que yo, pobres de aquellas admiradas  viejas ratas de biblioteca, con matrículas de honor. ¡

Qué honor para mí!

Esperé en la puerta de la cafetería, imaginaba a Fernando pasar, con su americana de Balenciaga, asomando unos gemelos de oro blanco de Gucci.

O quizás, con el calor del inicio del verano, vestiría unos pantalones color crudo acompañado de unas náuticas, se engominaría sus rizos hacia atrás.

En el mismo minuto que mis  louboutin  se dirigen a la acera del bar, compruebo que un señor de mediana edad, espera en la misma puerta que yo.

No, ese no es Fernando, imposible que sea él, pienso. No es feo, pero tampoco guapo, no está gordo pero está desgarbado, tiene papada y no es calvo, pero le queda poco pelo.

Pero viene hacia a mí, como si me conociera de siempre y me sonríe.

—¡Paula!, ¿qué tal?—

No sé si mis ojos delatan, pero de repente cayeron al suelo de la plaza de la ermita, aquellas campanas de boda que sonaban en mi cabeza. Moría sin llegar a respirar vida, aquel recién nacido que todavía no sabíamos  exactamente si se parecía al padre o a la madre.

Amanecía con sol quemante aquella tórrida noche de amor, donde saboreábamos el licor de nuestras salivas y acabábamos emborrachándonos de amor.

—Hola Fernando—dije con mi mejor sonrisa mientras entrabamos al bar.

Sin necesidad de tomar aquel café que pedimos en la barra antes de sentarnos. Desperté con dos bofetadas a Paula: la diseñadora de interiores, aquella que nunca sufría de las correcciones de Fernando. Olvidé que llevaba unos louboutin y mi bata de chanel se convirtió en un ejemplar de mercadillo.

Defendí el nuevo proyecto. Mi primer proyecto tras mi ascenso. Fernando seguía siendo el mismo, su voz, su estilo en trabajar, nada había cambiado, esa era la realidad. Su risa era contagiosa y bonita y a pesar de gesticular copiosamente, era encantador.

Esa noche no cesé de nombrarle inconscientemente.

Como si mi Fernando hubiera fallecido.

Fernando….Fernando….ay Fernando… decía mientras el teléfono de la ducha mojaba con agua fría mi ardiente rostro, tratando de despertar los recodos de ese sueño.

…¡que poco te has cuidado durante estos años!…que pena…Fernando… ¿Tan difícil fue esperarme?

Sigo trabajando para Fernando, pero ahora, detrás del auricular, se quién es Fernando y, no le visto de novio ni le coloco al lado del párroco de mi villa ni paseando a un bebé rubio con rizos. Sin embargo sigo sintiendo atracción por sus maneras de trabajar y de expresarse. Me apasiona como dirige su profesión. Y no siento ese dolor de sus ataques, puesto que lo que hago le gusta.

Mi jefe está encantado y me da muchos más proyectos vinculados a él y por ello:

Mi corazón, sigue llorándole su nombre…Ay Fernando…

Pensé que eras tú Fernando, que ya había llegado nuestra hora.

Pero el físico, es un grado.

Lo siento. Lo siento de verdad. Con 38  años Fernando no tiene excusa.

En fin, Fernando, ahora ya lo sabes…No tengo más que decirte.

Bueno si: Fernando: Cuídate, aún tienes arreglo.

Con amor platónico: Paula.

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